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Una visión en perspectiva de las redes sociales (II)

Del hombre masa al hombre Twitter hasta llegar a Justin Bieber

Las redes sociales ¿el imperio del mal?

Los medios de masas son como el cemento que mantiene unida a las sociedades postmodernas. Pero es tan fuerte nuestra tendencia a buscar las pequeñas comunidades, que por muy fuertes que sean las tendencias históricas y la presión social, al final siempre terminan aflorando nuestros instintos.

La cultura y la economía de las masas, unida al capitalismo, proporciona un bienestar económico mayor, más salubridad y una vida más longeva que los anteriores sistemas sociales conocidos. Todas estas “necesidades” pertenecen a los escalones más bajos de la pirámide de Maslow. No obstante este modelo, tiene otros inconvenientes que dificultan a la mayoría de los individuos alcanzar la plena satisfacción de los escalones más altos de la pirámide.  A saber, la estimación ajena, la autoestima y la autorrealización.

Somos residentes de nuestra ciudad, trabajadores de nuestra empresa, paisanos de nuestra región, ciudadanos de nuestro país, miembros de la comunidad europea. Aunque no pensemos mucho en ello, nuestra pertenencia a cada uno de esos grupos nos exige dar algo a cambio. Bien sea una parte del fruto de nuestro trabajo o parcelas de nuestra mente y tiempo además de una porción nada desdeñable de nuestra libertad y voluntad. Dichas cesiones y en especial esta última limitan bastante nuestras posibilidades y acortar nuestro radio de acción. Aunque en la mayoría de los casos no seamos o no queramos ser conscientes este es un hecho innegable.

Cada grupo tiene sus distintas reglas o códigos de conducta y pertenecer a siete grupos implica tener que observar siete códigos distintos de conducta a veces parcialmente incompatibles. Ser miembro de un grupo siempre nos permite obtener algo, pero a la vez, nos exige a nosotros dar algo también.

Como bien saben cualquier publicista la atención es el recurso económico más escaso. Los hombres sólo podemos  prestar atención a una cosa a la vez, las mujeres tal vez a más pero con un nivel de intensidad mucho más bajo. Teniendo “tantos compromisos sociales”  resulta cada vez más difícil centrarse en uno mismo e intentar emprender ese largo y difícil camino necesario para buscar nuestra autorrealización. Somos menos dueños de nuestro destino y por lo tanto tenemos menos opciones para poder convertir nuestra vida en lo que nosotros queremos que sea y lograr el pleno desarrollo de nuestras facultades. Algunos tal vez lo consigan, pero porcentualmente son un porcentaje mínimo.

 

¿Por qué la cultura de masas es el germen de la infelicidad?

Es mucho más difícil encontrar nuestro lugar en una colmena que una manada, es una pura cuestión aritmética. Cuesta más alcanzar la estima ajena entre una multitud que ante un pequeño pueblo. En ninguno de los dos casos es una tarea fácil. Para millones de personas Cristiano Ronaldo, Messi o Belén Esteban, ocupan parcelas de su mente mucho más importantes que cualquiera de sus vecinos, amigos o compañeros de trabajo. Nuestra mente está totalmente imbuida por cuestiones que totalmente ajenas a nuestra experiencia sensorial directa, como el último encuentro de nuestro equipo de fútbol, la boda de los príncipes de Inglaterra, la coyuntura económica o el modelo educativo. Preferimos preocuparnos de esas cuestiones que hacer deporte, cuidar nuestra relación de pareja, pensar en cómo mejorar nuestra economía o sentarnos a hacer los deberes con nuestros hijos.

Pongamos un sencillo ejemplo: Justin Bieber tiene unos 100 millones de fans. Si cada uno de ellos admirara a una persona que realmente conoce,  (y cualquiera conoce a un puñado de personas más dignas de admiración que Justin Bieber) el mundo sería un lugar mucho más feliz. Habría 100 millones de personas más que más felices, gracias a la admiración recibida y  los admiradores a su vez, tendrían muchas más posibilidades de ser correspondidos. Además, no tendrían que hacer largas colas a intemperie para poder ver de cerca al objeto de su admiración.

Pero para poder mantener sociedades tan gigantescas cohesionadas necesitamos a CR7, Justin Bieber y el BCE. Necesitamos instituciones y mitos, sin ellos las sociedades que conocemos no pasarían de ser simples agrupaciones de individuos. Y la atención y el tiempo que dedicamos a esos mitos e instituciones es una parte del precio que tenemos que pagar por ser miembros de esas sociedades. Toda la atención que prestamos a los elementos “sociales” es la detraemos de nuestro entorno más inmediato.

Pero llegado a este punto la tecnología se puso de nuestro lado y nos permitió volver a dar rienda suelta a nuestra tendencia a relacionarnos en pequeñas comunidades que pueden sobrevivir entre el magma de la gran sociedad. Comunidades no formadas por los lazos de sangre o la cercanía geográfica  sino por la afinidad emocional, sentimental, intelectual o ideológica.

Y antes de tratar el asunto en profundidad es importante destacar como ejemplo que la primera red social que alcanzó una cierta relevancia (Myspace) nació como una alternativa a uno de los elementos de la sociedad moderna más relevante, la industria cultural, que por aquel entonces tenía un férreo control sobre los medios de promoción y era la que decidía quien estaba dentro fuera y quien estaba fuera. Myspace nació como un espacio donde el artista desconocido podía colgar su música y promocionar su música, el mismo Justin Bieber.

En este artículo hemos podido profundizar un poco más en el análisis de los antedecentes. En la próxima entrega entraremos directamente en harina y haremos una análisis un poco distinto del habitual sobre las redes sociales.

De la era del mass media a la era del social media

Los medios de masas son como el cemento que mantiene unida a las sociedades postmodernas. Pero es tan fuerte nuestra tendencia a buscar las pequeñas comunidades, que por muy fuertes que sean las tendencias históricas y la presión social, al final siempre terminan aflorando nuestros instintos.

La cultura y la economía de las masas aunque objetivamente proporciona un bienestar económico mayor, más salubridad y una vida más longeva, necesidades todas ellas pertenecientes a los escalones más bajos de la pirámide de Maslow, tiene otros inconvenientes que dificultan a la mayoría de los individuos alcanzar la plena satisfacción de los escalones más altos de la pirámide.  A saber, la estimación ajena, la autoestima y la autorrealización.

Somos residentes de nuestra ciudad, trabajadores de nuestra empresa, paisanos de nuestra región, ciudadanos de nuestro país, miembros de la comunidad europea. Aunque no pensemos mucho en ello, nuestra pertenencia a cada uno de esos grupos nos exige dar algo. Bien sea una parte de lo obtenido con nuestro trabajo, dedicar nuestro tiempo y parcelas de nuestra mente y lo más importante, una nada porción de nuestra libertad y voluntad. Porque cada grupo tiene sus distintas reglas o códigos de conducta y pertenecer a siete grupos implica tener que observar siete códigos distintos de conducto. Y pertenecer a un grupo siempre nos permite obtener algo, pero a la vez, nos exige a nosotros dar algo también.

Como bien saben cualquier publicista la atención es el recurso económico más escaso. Los hombres sólo podemos  prestar atención a una cosa a la vez, las mujeres tal vez a más pero con un nivel de intensidad mucho más bajo. Teniendo “tantos compromisos sociales”  resulta cada vez más difícil centrarse en uno mismo e intentar emprender ese largo y difícil camino necesario para buscar nuestra autorrealización. Somos menos dueños de nuestro destino y por lo tanto tenemos menos opciones para poder convertir nuestra vida en lo que nosotros queremos que sea y lograr el pleno desarrollo de nuestras facultades. Algunos tal vez lo consigan, pero porcentualmente son un porcentaje mínimo.

Por otro lado, está claro que es mucho más difícil encontrar nuestro lugar en una colmena que una manada. Es muchísimo más complicado alcanzar la estima ajena entre una multitud que un que un pequeño pueblo. Para millones de personas Cristianos Ronaldo, Messi o Belén Esteban ocupan parcelas de su mente mucho más importantes que cualquier de nuestros vecinos. Nuestra mente está totalmente imbuida por cuestiones que nos son totalmente ajenas como el último encuentro de nuestro equipo de fútbol, la boda de los príncipes de Inglaterra, la coyuntura económica o el modelo educativo. Preferimos preocuparnos de esas cuestiones que hacer deporte, cuidar nuestra relación de pareja, pensar en cómo mejorar nuestra economía o dedicar tiempo a la educación de nuestros hijos.

Pongamos un sencillo ejemplo: Justin Bieber tiene unos 100 millones de fans. Si cada uno de ellos admirará a una persona que realmente conoce,  (y seguramente cualquiera de esos cien millones conoce a un puñado de personas con más meritos que Justin Bieber) el mundo sería un lugar mucho más feliz. Habría 100 millones de personas más que más felices, gracias a la admiración recibida y  los admiradores a su vez, tendrían muchas más posibilidades de ser correspondidos. Además, no tendrían que hacer largas colas a intemperie para poder ver de cerca al objeto de su admiración.

Pero para poder mantener sociedades tan gigantescas cohesionadas necesitamos a CR7, Justin Bieber y el BCE. Necesitamos instituciones y mitos, sin ellos las sociedades que conocemos no pasarían de ser simples agrupaciones de individuos. Y la atención y el tiempo que dedicamos a esos mitos e instituciones es una parte del precio que tenemos que pagar por ser miembros de esas sociedades.

Pero llegado a este punto la tecnología se puso de nuestro lado y nos permitió volver a dar rienda suelta a nuestra tendencia a relacionarnos en pequeñas comunidades que pueden sobrevivir entre el magma de la gran sociedad. Comunidades no formadas por los lazos de sangre o la cercanía geográfica  sino por la afinidad emocional, sentimental, intelectual o ideológica.

Y antes de tratar el asunto en profundidad si que es importante destacar que la primera red social que alcanzó una cierta relevania (Myspace) nació como una alternativa a uno de los elementos de la sociedad moderna más relevante la industria de la música de masas, que por aquel entonces tenía un ferreo control sobre los medios de promoción y era la que decidía quien estaba dentro fuera y quien estaba fuera. Myspace nació como un espacio donde los artista desconocidos podía colgar su música y promocionar su música, el mismo Justin Bieber.

Una visión en perspectiva de las redes sociales (I)

Las redes sociales y sus guerras

Como profesional del marketing he venido siguiendo con interés todo lo relacionado con las redes sociales. Y digo bien, como profesional. Personalmente las redes sociales me generan el mismo interés que un destornillador o un exprimidor de zumos, herramientas que utilizo en momentos concretos para hacer cosas específicas. No soy ni un apasionado de los medios sociales, ni un evangelista ni nada parecido. No aspiro a convertirme en especialista de ninguna herramienta de marketing o de comunicación, simplemente intentó comprender la forma de pensar, sentir y actuar de la gente.

La diferencia entre la historia y el periodismo es que la primera escribe sobre hechos ya consumados, de los que conocemos su conclusión y por tanto es más sencillo tirar de hilo y separar el grano de la paja. Detectar cuales fueron los hechos relevantes y cuáles no tenían importancia.

En cuanto a la actualidad, la cosa no es tan sencilla, todo puede ser grano o ser paja. Con las redes sociales estamos un punto intermedio, todavía son actualidad, pero por otro lado tenemos algo de  material histórico para poder un análisis en  perspectiva y ver cuál ha sido el impacto real que han tenido en nuestras vidas, en nuestra forma de relacionarnos, comunicarnos y consumir información.

Antes de las redes sociales: del hombre manada al hombre colmena.

La historia de los últimos 10.000 años puede resumirse en continua transición del hombre desde las cavernas hasta las ciudades. Durante este periodo hemos abandonado nuestro tradicional modo de vida que durante los últimos 200.000 años ha servido al homo sapiens.  Y que por otro lado no parece ser casi idéntico a las especies que nos precedieron, tal vez desde el Homo Habilis durante un periodo estimado de al menos 2 millones de años.

Nos  referimos a las tradicionales bandas de cazadores-recolectores de no más de 200 individuos que han  sido la base de la organización social de nuestra especie.  Todavía hoy en los lugares más recónditos del planeta podemos encontrar pequeñas sociedades aisladas que viven como auténticos hombres.

Es tal la imprimación biológica que tenemos de este modelo de organización que sólo con los recientes avances en la técnica y la ingeniería social se ha podido completar esta transición. Se cree en el año 2030 más del 60% de la población vivirá en ciudades. La técnica ha sido de gran ayuda. En la edad antigua se necesitaba todo un imperio y una red de ciudades para sostener una gran metrópolis como Roma con más de un millón de habitantes.

Desde la revolución industrial y gracias especialmente a su aplicación en la agricultura, la cantidad de superficie agrícola y forestal necesaria para sostener a un millón de habitantes ha ido drásticamente en descenso, lo que ha permitido un incremento exponencial en el número de ciudades y habitantes de las mismas. Por otro lado el avance de la ciencia y la técnica ha permitido un mayor aprovechamiento de los recursos fósiles y energéticos como la energía hidráulica o solar.

Pero el verdadero impedimento para superar este modelo ha sido nuestra resistencia natural a vivir en comunidades grandes. Para superar esa tendencia han sido necesarios tres factores esenciales: la falta de viabilidad económica en los pequeños núcleos rurales, la escolarización y los medios de comunicación.

¿Un artículo sobre redes sociales y todavía no se ha mencionado ni a Facebook  ni a Twitter? Y lo que te rondaré, antes de hacer un análisis histórico  minimamente serio es necesario hacer un repaso a los antecedentes y para eso nos quedan todavía un par de artículos que en breves estarán disponibles en sus pantallas.